La paradoja de la incomunicación

(Artículo de Sergio aparecido en http://www.todosalteatro.com; para leer en la fuente original aquí.)

Imagina que alguien inventase para ti una máquina capaz de darte todo lo que necesitas de otra persona, dónde, cuándo y cómo quieras. ¿Seguirías necesitándola?

Julio, el tío de Iris Silva, fabrica para su sobrina autista un instrumento que, sólo con pulsar un botón, le proporciona el afecto que rehúye recibir de los demás, en la medida e intensidad justa para no sentirse ni sola ni asfixiada.

“La máquina de abrazar”, escrita por José Sanchís Sinisterra, utiliza este artilugio para hilvanar la historia de Iris, una joven con un trastorno del comportamiento que supera los límites descritos en los manuales de psicología, y la relación con su psicoterapeuta Miriam, una mujer de ciencias incapaz de otear más allá de los dictados de la razón.

La función comienza con la exposición del inusual caso clínico de Iris por parte de la doctora que ha compartido con ella los últimos años de su vida. Todo está preparado para que la verdadera protagonista del evento intervenga en el momento señalado ratificando la argumentación de la ponente, sin embargo, su discurso se ve interrumpido por el ansia de su paciente.

La aparente incapacidad de comunicación de la joven autista se transforma en un torrente de ideas que, después de años subyugadas por el trastorno y por quienes creían comprenderlo, se desbordan arrastrando a su paso la pomposa verborrea de una investigadora anulada por el corsé de la retórica científica.

El texto de Sinisterra es tan arrollador como difícil de llevar a escena. Sobre las tablas, dos actrices solas, sin más apoyo que un atril y unas cuantas diapositivas, se enfrentan a un guión cargado de largos monólogos que, para orgullo de quienes los interpretan, no disminuyen ni un ápice la intensidad de las emociones que consiguen transmitir al patio de butacas. Las artífices de tal proeza son Jeannine Mestre, en el papel de Miriam, y María Pastor, que interpreta a Iris.

Junto a ellas, el respetable hace las veces de la improvisada audiencia del congreso científico. La luz ilumina las butacas transformando, por momentos, al sobrecogido espectador en el público sumiso y obediente que todo buen parlamentario desearía tener a sus pies.

Pero no se puede comprender el resultado de “La máquina de abrazar” sin la magnífica labor de su director, Juan Pastor, quien logra crear un clima de tensión permanente que oprime al público durante todo el espectáculo, como un abrazo demasiado fuerte del que ni siquiera el aplauso final te dejará escapar

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