El azaroso viaje del silencio a la palabra

(Escrito por Gordon Craig, para leer en su fuente original, aquí.)

No nos resulta difícil rastrear el marco de referencias en el que se inscribe este críptico y luminoso texto de Sanchis Sinisterra, desde El milagro de Ana Sullivan, que narraba la excitante experiencia del acceso al lenguaje de la joven sordomuda y ciega de nacimiento Hellen Keller, hasta el angustioso exilio de la invidente Molly Sweeney, en la obra homónima de Brian Friel, varada en una tierra de nadie tras su paso efímero por el mundo de la luz y de las formas. Aunque el referente más perceptible es sin duda el doloroso proceso evolutivo del protagonista del Informe para una academia, de Kafka, en el que se relatan los avatares del abandono de la condición simiesca del personaje y su proceso de hominización. Todo ello, empero, no le quita un ápice de originalidad a esta estremecedora y penetrante indagación sobre el problema del autismo que constituye La máquina de abrazar.

Indagación, digo, análisis minucioso, científico, en el más estricto sentido, brechtiano, del término -puesto que de teatro se trata-, del viaje de la protagonista, Iris de Silva, del silencio a la palabra, de la quietud y de la soledad hasta los otros, hasta el lenguaje, un lenguaje impotente para decir lo que no está en la palabra.

El texto, denso y rigurosamente documentado, se articula como si se tratase de una ponencia en la que tras un largo exordio de la doctora Miriam Salinas, su paciente Iris va a explicar ante la audiencia, el público, su supuesto proceso de “curación”. Entre digresiones, interrupciones del hilo del discurso, apostillas y aclaraciones de la doctora Salinas se va desvelando el tortuoso mundo interior de Iris, sus dudas, su desconfianza, su incapacidad, en suma, de establecer un vínculo con el otro y de articular en un universo simbólico comunicable el magma de sensaciones y de emociones que le proporciona su aguda percepción de la realidad.

Pese a sus numerosos pasajes de carácter expositivo (algunos larguísimos, como el de la primera escena de la obra) el texto rebosa teatralidad, explícita unas veces, y otras escondida entre los pliegues de la retórica académica. Desde luego, no tiene secretos para Juan Pastor cuya mirada penetrante “vuelve sus misterios del revés” sirviéndose de una cuidada y meticulosa puesta en escena, que arroja luz y ayuda a ver claro incluso en los pasajes más oscuros del texto. Excelentes son también la dirección de actores y el trabajo actoral mismo. Titánico es el esfuerzo de Elia Muñoz (Miriam) para sustituir en poco más de diez días a Jeannine Mestre (la actriz con la que se estrenaba el espectáculo); aunque, a buen seguro, mejorará con los días, ya muestra toda la energía y combatividad de esta rara avis de la profesión siquiátrica cuyos métodos poco ortodoxos exacerban a sus colegas. Metódica, ambiciosa, un tanto distante en el trato, observa un correcto tono didáctico, profesoral, salpimentado de ironía y de ocasionales explosiones de furia reivindicativa. Sorprendente el trabajo de María Pastor, que hace una singularísima creación de un personaje tan atípico como el de una joven autista. Aun con resultar sobradamente convincente el trabajo de construcción física del personaje, una gestualidad antinatural, de movimientos sincopados, de acciones reiteradas, de mirada ausente, o ensimismada, de repentinos cambios de actitud y estado de ánimo, de inesperados accesos de ira o de postración …; lo más destacado es sin duda su interpretación verbal del papel, la ruptura de la tonalidad y de la dicción convencionales y la potenciación de los aspectos físicos y afectivos del sonido en detrimento de sus valores lógico-discursivos, siguiendo en definitiva el mandato artaudiano de volver a las fuentes respiratorias, plásticas y activas del lenguaje. Desde la magistral interpretación que hizo Martín Wuttke, del Berliner Ensemble, de Artaud recuerda a Hitler en el romanische café (en el festival de Otoño en 2001) no habíamos visto nada parecido en los escenarios madrileños.

Tras una experiencia tan hermosa y estimulante como viene proporcionando temporada tras temporada esta modesta sala de barrio uno no puede dejar de hacerse una y otra vez la misma pregunta: para cuando una invitación a Juan Pastor para dirigir en alguna de las múltiples sedes de los teatros sostenidos con fondos públicos, pastoreados siempre por los mismos nombres del lobby del eje madrileño-catalán.

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