Informe para la academia

(Escrito por Manuel Sesma para ArtezBlai, para leer en su fuente original aquí.)

José Sanchis Sinisterra cree y defiende el valor de la palabra en el teatro frente a quienes abogan a ultranza por el teatro de imágenes y de acción. En “La máquina de abrazar”, la palabra, el texto determina una puesta en escena concreta no solo en el discurso escénico sino en su desarrollo intelectual. Ambas premisas has sido bien entendidas por la compañía Guindalera de Madrid bajo la dirección de Juan Pastor.

La obra de Sanchis Sinisterra aborda el autismo: como enfermedad en una doble faceta –alcance o dimensión de la patología y posibilidades terapéuticas–, y el autismo como metáfora sociopolítica de una realidad que se quiere ocultar.

La pieza se plantea a modo de conferencia que la sicoterapeuta desarrolla frente al público, frente a una hipotética comunidad científica en un congreso. Miriam realiza una ponencia enfática y apasionada ante un colectivo que le es hostil. Desarrolla sus ideas acerca de la enfermedad y la terapia a seguir en base a la experiencia que ha acumulado con Iris, joven en tratamiento. Documenta su exposición con la presencia de la paciente que muestra los síntomas propios de estos individuos pero que, gracias a la terapia seguida con Miriam, ha conseguido unos estimables índices de “normalidad”.

Más allá de la discusión científica y terapéutica, Sanchis Sinisterra aporta varias perlas acerca de la sociedad en un doble sentido. De una parte, lanza la idea del miedo y la ignorancia que los científicos tienen frente al autismo. Son el desconocimiento y el temor que se percibe en la sociedad común para afrontar el autismo. Es la incompetencia, unida a la arrogancia lo que llevan a la comunidad científica, a los poderes sociales para crear situaciones de pánico –terrorismo, gripe A, privacidad, revueltas reivindicativas de trabajadores, de inmigrantes– en vez de aportar terapias que solucionen los problemas. Al parecer, no hay soluciones viables y por lo tanto hay que infundir miedos y temor en la población.

Y de otra parte, el autor lanza el dardo directamente a los gobernantes: “autismo encubierto de los amos del mundo”, dice la doctora. Acusa a los poderosos de un autismo, de blindarse en responsabilidades para afrontar la enfermedad en general, la enfermedad del hambre, de la pobreza, de los desastres bélicos, de la marginación.

En fin, más allá de la ciencia, la política y la sociedad, la obra se adentra tangencialmente en el aislamiento del ser humano –tanto voluntario como adquirido– desde un punto de vista existencial. No obstante, todo ser humano necesitamos del abrazo, parece que viene a decir la obra. Y como remedio paliativo, al parecer, existe una Máquina de Abrazar que inventara la profesora de la Universidad de Colorado Temple Grandin.

El director Juan Pastor ha creado una puesta en escena ajustada a la palabra dándole protagonismo. Es decir, el peso recae en las actrices, en cada interpretación. El espacio recrea una sala de conferencias con un atril de disertación y una silla para reposo y exposición del personaje objeto paciente. Al fondo se evoca un jardín.

Con esta perspectiva, las dos actrices asumen toda la carga positiva de la puesta en escena. Así, Elia Muñoz, excelente actriz y profesora de interpretación en la Escuela Superior de Arte Dramático de Valladolid, construye un personaje apasionado, pletórico de energía, cargado de autoconvencimiento de que la curación es posible. Hace una sicoterapeuta valiente, entregada a la causa de los marginados frente a una sociedad científica adversa. Elia Muñoz, como actriz, imparte una lección práctica de interpretación a un palmo del público. Modula la respiración para aguantar los parlamentos, musicaliza las frases, realiza una encorajinada danza con su cuerpo, con sus brazos para meterse en un personaje difícil que bien podría haber caído en la frialdad de un discurso academicista. Elia Muñoz cree en el personaje intelectual que trabaja a ras de tierra y crea un personaje convencido y convincente.

La réplica interpretativa está en María Pastor que asume el papel de la autista Iris en proceso de rehabilitación. Tampoco es fácil este personaje porque se podría asistir a una repetición de Ray Man o a estereotipos exagerados de una patología que puede mostrar expresiones cómicas e hirientes. No, María Pastor no ha caído en la vulgaridad. Se aprecia que su interpretación viene no solo de sus dotes personales sino de un proceso de investigación concienzudo y serio. Hay equilibrio expresivo tanto en la palabra como en el gesto. El ataque de histeria resultó magnífico, ponderado, el discurso de su enfermedad que recordaba al mono de “Informe para una Academia” de Kafka estuvo brillante, y los episodios de impotencia conmovedores.

En “La máquina de abrazar” hay tema para dialogar y reflexionar; y hay un espectáculo hermoso para disfrutar de dos estupendas actrices. Debido al éxito alcanzado, la obra se repondrá en el mes de enero en la misma sala Guindalera de Madrid.

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